Bebé en brazos de su madre representando el duelo perinatal y el amor que permanece

El duelo perinatal y la sensación de que sigue aquí 

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El día que el duelo me hizo entender que sigues aquí

El duelo que deja de doler y empieza a transformar

Hay días en los que pienso que nada de lo que pasó fue real.

Como si hubiera sido un sueño.
Como si hubiera despertado de algo muy intenso y la vida siguiera exactamente igual.

Estoy en casa.
Estoy con mis hijos.
Los escucho reír.
Los veo jugar.

Y por momentos es como si el duelo no hubiera existido.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si la vida hubiera seguido su curso sin romperse.

Y hay algo curioso en esa sensación.

No es negación.
No es olvido.

Es una especie de presencia distinta.

Porque no siento que falte algo.
Siento que estás.

Es difícil de explicar.

Es como si en medio de lo cotidiano, en medio de la rutina, en medio de la normalidad… tu energía estuviera integrada.

Como si formaras parte de nuestra casa aunque no te vea físicamente.

Cada noche, antes de dormir, damos las gracias.

Los niños, Jordi y yo.

Y siempre te nombramos.
Siempre te damos las buenas noches.
Siempre decimos que te queremos.

Y en esos momentos, todo se siente tan natural que a veces mi mente juega conmigo.

Hay instantes en los que una parte de mí piensa, muy suavemente, como si algún día fueras a entrar por la puerta.

Como si todo esto fuera una pausa.
Como si en algún momento te fuera a poder ver crecer.

Y entonces recuerdo.

Recuerdo que no estás físicamente.
Recuerdo que tu forma de estar es distinta.

Pero lejos de romperme, eso me trae calma.

Porque entiendo que estás.
Solo que de otra manera.

Hay algo muy profundo en aceptar que alguien no está como esperabas… pero está.

En mirar al cielo y sonreír.
No desde la tristeza.
Sino desde la certeza.

Porque tu forma de estar ahora es permanente.

No dependes del tiempo.
No dependes del cuerpo.
No dependes de los días.

Estás en cada decisión.
En cada paso.
En cada cosa que construyo.

Hay días en los que el duelo pesa.
Y hay días en los que se siente tan integrado que parece que siempre fue así.

Como si hubieras venido a enseñarnos una manera distinta de amar.

Una manera en la que no hace falta tocar para sentir.
Una manera en la que no hace falta ver para saber.

Y entonces miro al cielo y sonrío.

Porque aunque haya momentos en los que mi mente quiera entenderlo todo, mi corazón ya lo entendió.

Tu forma de estar es estar siempre.

Y eso me sana.

Y quizá el duelo, cuando madura, se convierte en eso.

En una presencia que no duele tanto.
En una ausencia que deja de sentirse vacía.
En una certeza tranquila de que el amor no desaparece.

Se transforma.

Hay días en los que parece que nada fue real.
Y hay días en los que siento que todo fue profundamente real.

Pero en ambos casos, hay algo que permanece.

Cuando el amor se integra así, deja de ser herida para convertirse en raíz.

Y no hace falta que el mundo lo entienda para que sea verdad.

Algunas presencias no necesitan cuerpo para quedarse.

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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