- 04/02/2026
- 12:49 pm
Aprender a cuidarme también fue parte del duelo perinatal
El duelo perinatal también transforma tu forma de estar en el mundo
Cuando alguien se va —y más cuando hablamos de la pérdida de un bebé— empieza un proceso que no solo duele por dentro, sino que también transforma todo lo que te rodea.
Da igual si fue un aborto, un bebé que nació sin vida, uno que vivió solo unas horas o uno que aún no había nacido. El dolor no entiende de semanas ni de tiempo. El cuerpo y el alma entran en duelo… y con ellos, también lo hace tu manera de estar en el mundo.
Hay algo que he observado mucho durante este proceso:
la gente que te rodea muchas veces no sabe cómo estar contigo.
No saben si te apetece reír.
No saben si te apetece llorar.
No saben si pueden hablar de sus hijos, de su vida, de sus planes.
Y, desde ese no saber, muchas personas se sienten incómodas.
No porque no te quieran.
No porque no les importes.
Sino porque el dolor ajeno incomoda cuando no se sabe sostener.
Y entonces pasa algo curioso:
empiezas a sentir que no siempre te apetece quedar con todo el mundo.
No por rechazo.
No por enfado.
No por rencor.
Sino porque, de alguna manera, no quieres que las personas que tienes delante se vean afectadas por cómo estás.
No quieres apagar su alegría.
No quieres que dejen de disfrutar de sus hijos.
No quieres que se sientan incómodas con tu tristeza.
Y sin darte cuenta, empiezas también tú a cargar con algo que no te corresponde:
la responsabilidad emocional de los demás.
Eso pesa.
Y duele.
Porque bastante estás atravesando ya como para, además, tener que preocuparte por cómo se sienten los otros frente a tu duelo.
Con el tiempo, el duelo va mostrando cosas.
Y una de ellas es cómo cada persona vive —o no sabe vivir— lo que tú estás pasando.
Te das cuenta de quién sabe estar en silencio.
De quién no necesita arreglar nada.
De quién no huye de tu tristeza.
Y también de quién no puede, no sabe o no quiere acompañar desde ahí.
Y eso hace que tu círculo, poco a poco, se vaya cerrando.
No porque te vuelvas fría.
No porque te vuelvas distante.
Sino porque tu alma empieza a elegir.
Empiezas a estar cómoda solo con ciertas personas.
Con las que no te exigen estar bien.
Con las que no te piden explicaciones.
Con las que no te miran con pena ni con incomodidad.
Y aunque al principio esto duele —porque perder vínculos también duele— con el tiempo te das cuenta de que este proceso es profundamente transformador.
Alejarte de algunas personas no es un castigo.
Es una protección.
Es una forma de cuidarte.
Es una manera de avanzar.
Siempre digo lo mismo:
las personas que no te entienden —sea el duelo que sea, sea la situación que estés atravesando— quizá no es que no quieran estar…
quizá es que no deben estar en ese momento.
Y eso no las convierte en malas personas.
Simplemente las sitúa fuera del lugar que ahora necesitas.
Por eso, hay momentos en los que toca mirar un poco más por nosotras.
Por nuestro cuerpo.
Por nuestro corazón.
Por nuestra energía.
Perder a un bebé ya es suficientemente duro como para añadirle la carga de sostener a todo el mundo alrededor.
Y aquí quiero decir algo importante:
a veces es sano, necesario y profundamente amoroso decir “ahora no estoy preparada”.
No estoy preparada para ver a ciertas personas.
No estoy preparada para ciertos encuentros.
No estoy preparada para determinadas conversaciones.
Y eso no es egoísmo.
Eso es amor propio.
Es escucharte.
Es respetarte.
Es priorizarte cuando más lo necesitas.
El duelo no solo es despedida.
También es selección.
Es depuración.
Es volver a ti.
Y cuando empiezas a mirarte con más compasión, cuando te das permiso para cuidar de ti sin culpa, algo cambia.
Empiezas a avanzar.
Empiezas a respirar distinto.
Empiezas a ver la vida desde un lugar más honesto, más consciente y, aunque ahora no lo parezca, más bonito.
Porque incluso en el dolor, el alma sabe hacia dónde necesita ir.
El duelo también nos enseña a elegir desde el alma.
Ana Belén

