acompañamiento emocional en el duelo perinatal

Cuando el duelo perinatal te enseña a acompañar a otros

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Cuando el duelo me enseñó a darme a los demás

El duelo perinatal: un dolor que muchas personas viven en silencio

Hay algo que el duelo me enseñó sin que yo lo buscara:
darme a los demás también sana.

Nunca pensé que del dolor más grande pudiera salir algo así.
Y sin embargo, aquí estoy.

La pérdida de Galadriel no solo me rompió, también me abrió.
Me abrió los ojos.
El corazón.
La conciencia.

Me di cuenta de que había algo de lo que casi no se hablaba.
Un tema que muchas personas atraviesan en silencio.
Un dolor que se vive muy a solas.

El duelo.

Especialmente el duelo perinatal, la pérdida de un bebé.
Algo tan frecuente… y tan poco nombrado.
Tan real… y tan invisible.

Vi que muchas personas no saben cómo gestionarlo.
No saben qué hacer con lo que sienten.
No saben cómo seguir.
No saben a quién acudir.

Y entendí que yo tampoco lo sabía al principio.
Que estaba aprendiendo sobre la marcha.
Escuchándome.
Probando.
Cayendo y levantándome.

Pero en ese proceso, algo empezó a tener sentido:
abrirme.

Hablar de cómo lo estoy llevando.
De lo que me viene bien.
De lo que no.
De los días de luz y de los días oscuros.

No desde la verdad absoluta,
sino desde mi experiencia.

Y sin darme cuenta, eso empezó a ayudar a otras personas.

Personas que me escribían.
Que se acercaban.
Que necesitaban ser escuchadas.

Y ahí comprendí algo muy importante:
no siempre hace falta tener respuestas.
A veces basta con estar.

Acompañar.
Escuchar.
Validar.

Decir: “lo que sientes es normal”.
Decir: “no estás sola”.
Decir: “no hay una forma correcta de vivir esto”.

Dar sin esperar nada a cambio.
Sin querer salvar.
Sin querer arreglar.

Solo estar.

Y eso, curiosamente, también me sanaba a mí.

Dar a los demás no me alejaba de mi duelo.
No lo tapaba.
No lo negaba.

Al contrario:
me lo hacía más humano.

Me hizo sentirme más persona.
Más conectada.
Más presente.

Me permitió conocer a las personas desde otro lugar.
Desde un lugar más desnudo.
Más honesto.
Más real.

Porque cuando alguien se abre desde el dolor, se caen las máscaras.
Y lo que queda es lo esencial.

Creo que pocas cosas son tan bonitas como encontrarse desde ahí.

El duelo me enseñó que ayudar no siempre es hacer grandes cosas.
A veces es un mensaje.
Una conversación.
Un silencio compartido.

A veces es simplemente permitir que el otro sea como es en ese momento.

Y también me enseñó algo importante:
que dar no significa olvidarse de una misma.

Al contrario.

Cuanto más me escuchaba,
cuanto más me respetaba,
mejor podía estar para los demás.

Hoy sé que acompañar a otras personas en su duelo no es una carga.
Es un privilegio.

Porque me recuerda que el amor no se acaba con la muerte.
Que el dolor compartido pesa menos.
Que lo humano, cuando se toca, transforma.

Y quizá esto sea una de las cosas más bonitas que me ha regalado este proceso:
haber convertido una herida en un lugar de encuentro.

No porque lo haya elegido,
sino porque la vida, una vez más, me mostró un camino que no conocía.

Dar a los demás no me quitó el dolor.
Pero le dio un sentido.

Y eso, en medio del duelo, es mucho.

A veces, sanar también es acompañar.

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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