Acompañamiento emocional en el duelo perinatal tras la pérdida de un bebé

Duelo perinatal: cuando la pérdida de un bebé te devuelve a ti

Inicio / Duelo perinatal / Duelo perinatal: cuando la pérdida de un bebé te devuelve a ti

Tras el duelo, no volví a ser la misma: volví a ser más yo

Cuando el duelo perinatal transforma

Después de perder a mi bebé, hubo una frase que se repitió muchas veces a mi alrededor.
Personas que querían consolarme, ayudarme, acompañarme… y que, desde su amor y su miedo, me decían:

“No vas a volver a ser la misma.”
“Te va a costar mucho superarlo.”
“No volverás a sonreír como antes.”
“No volverás a vivir igual.”

Y es curioso, porque al principio esas palabras duelen.
Duelen porque suenan a sentencia.
Porque parecen anunciar un futuro gris.
Porque nos enseñan que el duelo solo puede traer oscuridad, pérdida y tristeza eterna.

Y hoy, con el tiempo, puedo decir algo con mucha honestidad:
sí, tenían razón.
No voy a volver a ser la misma.

Pero no en el sentido que ellos pensaban.

No peor.
No rota.
No apagada.

Sino diferente.
Más consciente.
Más conectada conmigo.
Más alineada con lo que de verdad importa.

Nos han enseñado que el duelo es algo malo.
Algo que hay que superar cuanto antes.
Algo que hay que esconder.
Algo que solo trae dolor.

Y sí, el inicio duele.
Duele mucho.
Porque perder a un bebé rompe algo muy profundo dentro de una madre.

Pero cuando empiezas a mirarlo desde otro lugar, desde una perspectiva más elevada, más espiritual, algo cambia.
Cuando empiezas a sentir que esas almas no se van, sino que se transforman.
Que siguen ahí, acompañándonos de otra forma.
Que pasan a ser eternas.

Entonces el duelo deja de ser solo herida…
y empieza a convertirse también en maestra.

Yo no volví a ser la misma porque aprendí a escucharme.
Aprendí a parar.
Aprendí a mirarme con más amor.

Empecé a priorizarme como nunca antes lo había hecho.
A preguntarme qué necesito.
Qué me hace bien.
Qué me resta.
Qué me suma.

Empecé a pasar más tiempo conmigo misma.
A disfrutar de mi silencio.
A respetar mis ritmos.
A decir que no sin culpa.

Y, sobre todo, aprendí a valorarme.

A valorar mi tiempo.
Mi energía.
Mi presencia.

Aprendí a amar de otra manera.
A las personas que llegan.
Y también a las que se van.

Porque cuando atraviesas un duelo así, entiendes algo muy importante:
la vida es demasiado valiosa como para vivirla en automático.

Empiezas a agradecer a cada persona que pasa por tu camino.
A no dar por hecho a nadie.
A disfrutar los encuentros pequeños.
Las conversaciones sinceras.
Los momentos simples.

Y no, no volví a ser la misma.
Porque ahora me quiero más.
Me escucho mejor.
Me respeto más.

Y eso cambia todo.

Priorizarte no es egoísmo.
Es amor propio.
Y no hay nada más bonito en esta vida que estar bien contigo misma para poder estar bien con los demás.

Porque cuando tú estás en paz contigo,
cuando te sientes alineada,
cuando te permites ser feliz sin culpa,
esa energía se transmite.

Sin darte cuenta, empiezas a irradiar algo distinto.
Una calma.
Una luz.
Una verdad.

Y una de las cosas más bonitas que pueden decirte después de todo lo vivido es:
“Es increíble la luz que desprendes después de todo lo que has pasado.”

Ahí entiendes que el duelo no vino a destruirte.
Vino a transformarte.

Así que sí, gracias a todas esas personas que me dijeron que no volvería a ser la misma.
Tenían razón.

No volví a ser la misma.
Volví a ser más yo.

El duelo me cambió, pero me devolvió a mí.

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio