Mano de un adulto sosteniendo los pies de un bebé en una imagen que representa el duelo perinatal y el amor que permanece tras la pérdida

La ira en el duelo perinatal: cuando el amor reconstruye

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Cuando la ira rompe… y el amor reconstruye

En los procesos de duelo perinatal y otras pérdidas profundas, hay emociones que aparecen sin avisar.
La ira es una de ellas.
Intensa. Poderosa. Humana.
Y, cuando no sabemos acompañarla, también profundamente dolorosa.

Hoy quiero hablarte de la ira.
Ese sentimiento tan fuerte que puede elevarte… o romperte cuando no aprendemos a mirarlo de frente.

La ira tiene una fuerza enorme:
puede empujarnos a protegernos
o puede desbordarnos cuando el dolor no encuentra salida.

Semanas después de la partida de Galadriel, viví un momento en casa en el que la ira me tocó de lleno.
Una situación pequeña, cotidiana, sin importancia real.
Una simple bolsa de ropa que terminó donde no debía.
Nada grave.

Pero en mi estado emocional, esa chispa encendió un fuego dentro de mí.

Sentí mi voz subir.
Sentí mi energía tensarse.
Sentí cómo mi alma se retiraba y dejaba espacio a la emoción más terrenal.

Y entonces entendí que no era yo la que hablaba…
era mi dolor buscando salida.

La persona que estaba conmigo lo vio antes que yo.
No respondió desde la guerra.
Respondió desde la comprensión.
Paró.
Y ese gesto me sostuvo más de lo que imaginó.

Ahí me di cuenta de algo esencial:
la ira no es la enemiga…
la enemiga es la falta de conciencia cuando aparece.

Esa noche pedí perdón.
No por sentir —porque sentir nunca está mal—
sino por haber permitido que una emoción tan fugaz hablara más fuerte que mi alma.

Con el tiempo he aprendido que la ira surge para mostrarnos dónde todavía nos duele,
dónde todavía falta calma,
dónde el duelo —especialmente en el duelo perinatal— aún respira como una herida abierta.

También he aprendido que la ira puede hacernos creer que nuestro dolor es el más grande,
cuando en realidad todos los seres humanos están librando batallas invisibles.
Todos estamos aprendiendo a caminar con lo que nos pesa.

Por eso hoy te comparto un pequeño ritual que a mí me ha salvado muchas veces:

Cuando sientas que la ira te visita,
no la empujes,
no la ataques.

Detente.
Respira.
Cuenta hasta diez.
O escribe lo que estás sintiendo.
Ponlo fuera sin herir a nadie.

Dale espacio…
y déjala marchar.

Porque la ira es momentánea.
Es un visitante.

Pero el amor…
el amor es hogar.

No el amor que exige o reclama.
Sino el amor incondicional:
el que abraza la vida tal como viene,
el que mira a las personas desde su esencia,
el que agradece incluso a quienes solo llegan un instante para enseñarnos algo.

Cuando empiezas a amar sin esperar nada a cambio,
cuando amas desde la libertad,
cuando permites que tu corazón se abra aunque duela…

la ira se disuelve.
Pierde fuerza.
Pierde sentido.

Porque donde hay amor de verdad,
no hay espacio para la guerra interna.

La ira dura un momento.
El amor dura una vida.

Y cuando eliges el amor,
tu alma… por fin descansa.

En El amor del duelo, creemos en un acompañamiento amoroso del duelo, sin prisa, sin juicios y con espacio para sentir cada emoción tal como llega.

“La ira es un instante, pero el amor —el verdadero— es lo que lo sana todo.”

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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