- 02/03/2026
- 10:54 am
Nombrarte no duele, te mantiene presente
Nombrarlo es una forma de honrar su existencia
Hay algo muy importante de lo que casi no se habla cuando se pierde un bebé:
nombrarlo no provoca más dolor.
Al contrario, es una forma de recordar que sigue estando.
Muchas veces, cuando atravesamos la pérdida de un bebé —un aborto, un bebé que nace sin vida, un bebé que se va demasiado pronto— somos nosotras mismas, las madres, las familias, quienes sin darnos cuenta empezamos a callar lo que sentimos.
No porque no queramos hablar.
Sino por miedo.
Miedo a incomodar.
Miedo a hacer sentir mal a las personas que tenemos cerca.
Miedo a que nuestro dolor resulte demasiado para los demás.
Y al mismo tiempo, ocurre algo curioso:
las personas de nuestro entorno tampoco saben cómo actuar.
No saben si nombrar a nuestro bebé.
No saben si preguntar.
No saben si recordar.
Piensan que decir su nombre nos va a provocar más dolor.
Que nos va a hacer daño.
Que nos va a romper un poco más.
Y no.
Es justo al revés.
Un bebé que se va siempre está.
Siempre ha estado.
Y siempre estará en el alma.
Las personas que se recuerdan nunca son olvidadas.
Para nosotras, sus madres, que los hemos llevado dentro, que los hemos sentido, que los hemos protegido en nuestra barriga, nombrarlos es profundamente importante.
Porque nosotras no solo los soñamos.
Los sentimos.
Les dimos alimento.
Oxígeno.
Nuestra sangre.
Nuestro cuerpo entero.
Los abrazamos desde dentro.
Los cuidamos con la placenta.
Los protegimos con todo nuestro ser.
Esa vida fue real.
Muy real.
Por eso, cuando nuestro bebé es nombrado, no duele.
No rompe.
No hiere.
Al contrario.
Nos provoca una sonrisa inmensa por dentro.
Una sonrisa silenciosa.
Una sonrisa que nace del alma.
Quizá, según el momento del duelo, no siempre sepamos mostrarla hacia fuera.
Pero dentro ocurre algo muy bonito.
Sentimos que nuestro bebé sigue siendo recordado.
Que no ha pasado desapercibido.
Que su paso por esta vida, por breve que fuera, dejó huella.
Sentimos que está siendo honrado.
Y eso, para una madre, es enorme.
A mí, personalmente, me gusta mucho escuchar su nombre en bocas que no son la mía.
Me emociona.
Me calma.
Me conecta.
Su nombre es Galadriel.
Y significa dama de luz.
Cada vez que alguien lo pronuncia, siento que está aquí.
De otra forma.
En otro plano.
Pero aquí.
Es un nombre lleno de espiritualidad, de alma, de presencia.
Y escucharlo desde fuera me da paz.
Porque sé que no solo vive en mí.
Vive también en quienes la recuerdan.
Y pienso que a cualquier madre que haya pasado —o esté pasando— por algo similar, le ocurre lo mismo.
Nombrar a nuestros bebés no nos hace volver atrás.
No nos ancla al dolor.
No nos impide avanzar.
Nos recuerda que el amor no desaparece.
Que los vínculos no se rompen.
Que la vida no termina cuando cambia de forma.
Así que, si alguna vez dudas,
si alguna vez no sabes qué hacer,
si tienes cerca a una madre que ha perdido a su bebé…
nómbralo.
Dilo.
Recuerda su nombre.
Honra su existencia.
Porque ese bebé siempre estará.
Y para su madre, escuchar su nombre es una de las formas más bonitas de sentir que sigue siendo amado.
Nombrarlo es la forma más bonita de seguir sintiéndolo.
Ana Belén

