Objetos simbólicos de viaje utilizados para recordar a un bebé durante el duelo familiar

Cuando el duelo se convierte en inclusión y amor 

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Cuando el duelo se convierte en inclusión y amor

Los pequeños gestos que transforman el duelo

Hay pequeños gestos en la vida que, sin darnos cuenta, se convierten en algo muy grande.

Para mí, uno de esos gestos ocurre cada vez que me voy de viaje.

Nunca he sido una madre de traer regalos materiales.

No soy de comprar cosas por comprar.
No soy de gastar dinero en algo que sé que con el tiempo se olvidará.

Siempre he sido más de lo sencillo.

De lo simbólico.

De traer algo que tenga alma.

Una concha del mar.
Una piedra bonita del monte.
Una flor seca.
Un palo especial que me llame la atención.

Algo que cuando lo vean, les conecte con ese lugar.

Que les haga imaginarlo.
Que les haga sentirlo.
Que les despierte las ganas de ir algún día.

Algo que no sea solo un objeto.

Sino un recuerdo.

Antes, siempre traía dos cosas.

Una para cada uno de mis hijos.

Era algo natural.
Automático.

Pero desde que llegó el duelo… algo cambió.

Ahora, cada vez que me voy a algún sitio, siempre traigo tres.

Tres detalles.
Tres recuerdos.
Tres pequeños tesoros.

Uno para cada uno de ellos.

Porque aunque físicamente seamos cuatro… en realidad somos cinco.

Y eso, en casa, lo tenemos muy presente.

Cuando llego, les doy su detalle a cada uno.

Y el tercero… también tiene su lugar.

Ellos saben perfectamente que ese es para su hermana.

Para Galadriel.

Y hay algo que me parece absolutamente precioso.

Nunca lo cuestionan.

Nunca lo dudan.

Nunca lo cogen.

Saben que ese detalle no es para ellos.

Que es para ella.

Y con lo pequeños que son… lo respetan.

Lo entienden.

Lo sienten.

Y ese gesto, tan sencillo, me parece enorme.

Porque ahí me doy cuenta de algo muy importante.

El amor no necesita explicaciones complicadas.

No necesita grandes discursos.

Cuando se vive desde la verdad, se integra solo.

Ese tercer objeto siempre lo colocamos en su rinconcito.

Ese espacio que hemos creado para ella.

Donde está presente.

Donde la sentimos.

Donde, de alguna manera, sigue formando parte de nuestra vida.

Y cada vez que dejamos ahí algo nuevo… no se siente como tristeza.

Se siente como inclusión.

Como decir:

“Tú también estás aquí.”
“Tú también cuentas.”
“Tú también formas parte.”

Y eso, para mí, es muy importante.

Porque muchas veces, cuando alguien no está físicamente, parece que desaparece de todo.

De las conversaciones.
De los planes.
De los gestos cotidianos.

Y nosotros hemos decidido hacerlo diferente.

Hemos decidido incluirla.

En lo pequeño.
En lo simple.
En lo diario.

Y lo más bonito es ver cómo mis hijos lo viven con tanta naturalidad.

Cómo entienden que su hermana está, aunque no la vean.

Cómo respetan ese espacio.

Cómo la nombran.

Cómo la sienten.

Sin miedo.
Sin tristeza pesada.

Solo desde el amor.

Y entonces vuelvo a pensar en lo mismo.

Quizá los niños vuelven a enseñarnos algo que olvidamos al crecer.

Que el amor no desaparece.

Que no hace falta ver para sentir.

Que no hace falta tocar para incluir.

Que el vínculo no depende de la presencia física.

Depende del lugar que le damos en nuestro corazón.

Y cada vez que recojo tres detalles en un viaje…

entiendo que no es solo un gesto.

Es una forma de seguir caminando juntos.

De seguir siendo familia.

De seguir recordando que el amor, cuando es real…

siempre encuentra la manera de quedarse.

 

El amor verdadero siempre encuentra la manera de quedarse.

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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