- 04/05/2026
- 11:26 am
Cuando los niños nos enseñan a vivir el duelo con amor
La mirada infantil ante la pérdida
Hay momentos en el duelo que, sin esperarlo, se convierten en los más bonitos.
Momentos pequeños.
Sencillos.
Cotidianos.
Pero que tienen una profundidad enorme.
Para mí, uno de esos momentos ocurre cada noche.
En casa, como ya sabéis, tenemos un pequeño ritual.
Antes de dormir, damos las gracias.
Decimos “te quiero”.
Y nombramos a Galadriel.
La incluimos.
La sentimos.
La hacemos parte de nuestra vida, aunque no esté físicamente.
Y dentro de todo esto, hay algo que me parece absolutamente mágico.
Mi hijo mayor, con tan solo tres años, cada noche hace algo que me toca el alma.
Coge un peluche.
Pero no es un peluche cualquiera.
Es el peluche de su hermana.
Ese peluche lo trajo mi madre de un viaje, antes de que naciera Galadriel.
Como hacen muchas abuelas, quiso traer un detalle para todos sus nietos.
Y sin saberlo… también trajo algo para ella.
Desde el principio, en casa siempre dijimos que ese peluche era para Galadriel.
Que era suyo.
Que representaba a su hermanita.
Y ese gesto, tan sencillo, se quedó.
Se integró.
Pasó a formar parte de nuestra vida sin darnos cuenta.
Y ahora, cada noche, mi hijo me dice:
“Mamá, voy a coger el peluche de Galadriel para dormir abrazado.”
Y lo hace.
Lo abraza.
Se duerme con él.
Como si, de alguna manera, estuviera abrazando a su hermana.
Y cada vez que lo veo… algo dentro de mí se mueve.
Pero no desde el dolor.
Desde el amor.
Porque ahí es cuando me doy cuenta de algo muy importante.
Los niños viven el duelo de una forma muy distinta.
No tienen tanto miedo.
No tienen tantos prejuicios.
No tienen tantas creencias limitantes.
Ellos no ven la muerte como un final absoluto.
La ven desde el amor.
Desde la naturalidad.
Desde la conexión.
Para él, su hermana está.
Está en ese peluche.
Está en las palabras que le decimos.
Está en ese “te quiero” de cada noche.
Y eso, lejos de hacerle daño, le aporta calma.
Le aporta amor.
Le aporta conexión.
Y entonces pienso…
¿Cuándo dejamos de ver la vida así?
¿Cuándo dejamos de sentir de esa manera tan pura?
Porque los adultos, muchas veces, complicamos todo.
Nos llenamos de miedo.
De dolor anticipado.
De pensamientos que nos alejan de lo que realmente importa.
Pero los niños no.
Ellos sienten.
Ellos aman.
Ellos integran.
Sin necesidad de entenderlo todo.
Y eso es lo que me parece verdaderamente extraordinario.
Mi hijo no necesita explicaciones complejas.
No necesita saber exactamente dónde está su hermana.
Él solo sabe que la quiere.
Que forma parte de su vida.
Y que puede abrazarla de la manera que él siente.
Y eso, para mí, es una lección enorme.
Una lección sobre cómo vivir el duelo desde otro lugar.
Desde un lugar más limpio.
Más amoroso.
Más conectado.
Porque quizá no se trata tanto de entender la muerte.
Sino de aprender a seguir amando de otras formas.
Y los niños, sin saberlo, nos enseñan eso cada día.
Nos enseñan que el vínculo no se rompe.
Que el amor no desaparece.
Que siempre hay una forma de seguir sintiendo a quienes amamos.
Solo hay que permitirlo.
Solo hay que dejar de resistirse.
Solo hay que volver, un poquito, a esa mirada de niño.
Esa mirada que no juzga.
Que no teme.
Que simplemente ama.
Y cada noche, cuando veo a mi hijo abrazar ese peluche…
entiendo que Galadriel sigue estando.
De una forma distinta.
Pero igual de presente.
Los niños no necesitan entender la muerte para seguir amando.
Ana Belén

