- 20/07/2026
- 3:19 pm
Nombrar a Galadriel es el regalo más bonito que me pueden dar
Cuando alguien recuerda a tu bebé
Hay momentos que no vienen anunciados.
Que llegan de la manera más sencilla.
En una conversación de cinco minutos.
En la puerta de la guardería.
En un momento que parece cotidiano y normal.
Y que sin embargo te tocan el alma de una manera que no esperas.
Esto me pasó hace poco con la seño de Aritz.
Una de esas mañanas de rutina, de lleva al niño, de despedida rápida, de un día más.
Y de repente, entre el ajetreo de la entrada, se acercó a mí.
Y me dijo algo que me paró en seco.
Que tenía a Galadriel muy presente.
Que pensaba en ella.
Que no la olvidaba.
El primer instante fue de silencio interior.
De esos silencios que duran un segundo pero que por dentro son enormes.
Y después, de emoción.
De gratitud.
De esa sensación tan bonita y tan difícil de explicar que tienes cuando alguien nombra a tu hija que ya no está físicamente.
Cuando alguien la hace presente sin que tú se lo hayas pedido.
Cuando alguien demuestra que su paso por este mundo, aunque breve, dejó huella.
Porque eso es lo que significó para mí ese momento.
La confirmación de que Galadriel sigue estando.
De que su nombre vive en bocas que no son solo las mías.
De que hay personas que la llevan dentro aunque no la hayan conocido de la manera en que yo la conocí.
Y eso, en el duelo perinatal, es algo que no tiene precio.
Hay algo que muchas veces no se entiende desde fuera sobre la pérdida de un bebé.
Y es que una de las cosas que más necesitamos las madres que hemos atravesado este camino es que nuestros hijos sean recordados.
Que no se conviertan en un tema del que no se habla.
Que no desaparezcan del mundo porque ya no estén físicamente.
Que alguien, de vez en cuando, los nombre.
Los haga presentes.
Los incluya.
Porque nombrar a un bebé que se fue no hace más daño.
No rompe más.
No abre más la herida.
Todo lo contrario.
Cuando alguien nombra a Galadriel, algo dentro de mí sonríe.
Algo se calma.
Algo se conecta.
Es como si, por un momento, el mundo reconociera que ella existió.
Que fue real.
Que su vida, aunque no fuera la que imaginamos, tuvo un valor enorme.
La seño de Aritz no sabe cuánto me regaló con esas palabras.
Quizás para ella fue un momento pequeño.
Quizás ni siquiera sabe el impacto que tuvo en mí.
Pero yo lo llevaré siempre.
Porque en medio de una vida que sigue girando, en medio de las rutinas y los días normales, alguien se tomó un momento para decirme que no olvidaba a mi hija.
Y eso es un acto de amor enorme.
De esos que no requieren grandes gestos.
De esos que se hacen con palabras sencillas y sinceras.
De esos que demuestran que la empatía no necesita ser perfecta para llegar al corazón.
Esto también me hizo pensar en algo importante.
En lo mucho que importa cómo acompañamos a las personas que están en el duelo.
No hace falta saber qué decir exactamente.
No hace falta tener las palabras perfectas.
No hace falta haber vivido lo mismo para poder acompañar.
A veces basta con recordar.
Con nombrar.
Con no tener miedo a pronunciar el nombre de quien ya no está.
Porque ese nombre no duele.
Ese nombre es amor.
Ese nombre es presencia.
Ese nombre es la prueba de que el vínculo no desaparece con la muerte.
En el duelo perinatal, en la pérdida gestacional, en cualquier pérdida de un hijo, hay una soledad muy particular.
La soledad de sentir que el mundo sigue y que nadie recuerda.
Que los demás han pasado página aunque tú no puedas.
Que la vida continúa y tu bebé se va quedando cada vez más atrás en la memoria de los demás.
Y por eso, cuando alguien hace lo contrario, cuando alguien demuestra que no ha olvidado, el efecto es tan poderoso.
Tan reparador.
Tan lleno de luz.
Gracias, seño de Aritz, por ese momento en la puerta.
Por acordarte de ella.
Por nombrarla.
Por hacerla presente en tu día a día aunque no tengas ninguna obligación de hacerlo.
Ese gesto dice mucho de ti.
Y a mí me dice también algo muy bonito sobre mi hija.
Que donde quiera que está, sigue dejando su huella.
Que su luz llega a lugares que yo no puedo ver.
Que Galadriel, aunque no esté aquí de la manera que imaginé, sigue presente.
En mí.
En Aritz.
En Jordi.
Y también en las personas que, sin que nadie se lo pida, la llevan dentro.
Gracias, Galadriel, por seguir llegando a los corazones de las personas que nos rodean.
"No hacen falta grandes gestos. A veces basta con recordar su nombre."
Ana Belén

