Momento de calma junto a una piscina durante un proceso de duelo perinatal, introspección y transformación personal tras la pérdida de un bebé.

El duelo perinatal y el cambio que empezó dentro de mí

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Cómo el duelo perinatal me enseñó a dejar de ser víctima

Hay algo que descubrí en el proceso del duelo que no esperaba.

Y que al principio no fue fácil de ver.

Ni de aceptar.

Cuando perdí a Galadriel, cuando el duelo perinatal me obligó a parar y a mirar hacia dentro, empecé a reestructurarme.

A cuestionarme cosas que antes nunca había cuestionado.

A observarme.

A hacer ese trabajo de introspección que da tanto respeto pero que lo cambia todo.

Y al hacerlo, algo muy curioso empezó a ocurrir.

Mi entorno fue cambiando.

Las personas que llegaban a mi vida empezaron a ser distintas.

Personas con otra energía.

Personas más conscientes.

Más amorosas.

Más en paz.

Y al principio lo viví con sorpresa.

¿Por qué de repente estaban llegando estas personas a mi vida?

¿Qué había cambiado?

Y entonces lo entendí.

Lo que había cambiado era yo.

Cuando tu energía cambia, lo que atraes también cambia.

Cuando te transformas por dentro, lo que aparece fuera también se transforma.

No es magia.

Es algo mucho más sencillo y más profundo a la vez.

Somos lo que proyectamos.

Y lo que proyectamos es lo que vuelve a nosotras.

Pero lo más importante no fue ver que llegaban personas distintas.

Lo más importante fue lo que descubrí al observarme a mí misma en ese proceso.

Que antes, durante mucho tiempo, yo había estado instalada en el papel de víctima.

En la queja constante.

En el «es que todo me pasa a mí».

En el «es que nadie me entiende».

En el «es que el mundo no está a la altura».

Y eso, aunque en ese momento no lo veía, estaba creando una realidad a mi alrededor que encajaba perfectamente con esa energía.

Personas que se quejaban como yo.

Situaciones que me daban motivos para seguir quejándome.

Un entorno que reflejaba exactamente lo que yo estaba proyectando.

Y eso fue uno de los aprendizajes más incómodos y más transformadores de todo mi proceso de duelo perinatal.

Darme cuenta de que el primer cambio tenía que ser en mí.

No en los demás.

No en las circunstancias.

No en lo que me había pasado.

En mí.

Porque si lo que hay a tu alrededor no te gusta, vale la pena preguntarse algo antes de mirar fuera.

¿Qué estoy proyectando yo?

¿Desde dónde estoy relacionándome con el mundo?

¿Qué energía estoy llevando a mis relaciones, a mis conversaciones, a mi día a día?

No te lo digo como un juicio.

Te lo digo como algo que a mí me costó mucho verme y que cuando lo vi, lo cambió todo.

Porque es mucho más fácil mirar fuera y señalar lo que está mal.

Es mucho más cómodo pensar que el problema son los demás.

Que si las personas que te rodean son así, es mala suerte.

Que si las cosas no salen como quieres, es que la vida no te acompaña.

Pero la introspección de verdad, la que duele un poco porque te muestra cosas que no querías ver, te lleva a un lugar muy diferente.

Te lleva a entender que tú también eres parte de lo que creas a tu alrededor.

Que tú también tienes patrones.

Que tú también tienes zonas donde hay queja, donde hay victimismo, donde hay una energía que no suma.

Y que eso, si no lo miras, sigue ahí.

Creando sin que te des cuenta.

Atrayendo más de lo mismo.

El duelo por la pérdida de mi hija me regaló esa mirada.

Me obligó a bajar la guardia.

A dejar de mirar fuera para empezar a mirar dentro.

Y fue ahí, en ese espacio incómodo pero necesario, donde empecé a cambiar de verdad.

Donde empecé a soltar la queja.

Donde empecé a dejar de sentirme víctima de lo que me había pasado.

Donde empecé a preguntarme no por qué me había pasado esto sino para qué había llegado a mi vida.

Y esa pregunta lo cambió todo.

Porque desde ahí dejé de estar en contra de la vida.

Y empecé a estar de su lado.

Si hoy sientes que lo que hay a tu alrededor no te gusta, te invito a algo.

No a que te culpes.

No a que te juzgues.

Sino a que te observes.

Con amor.

Con curiosidad.

Sin prisas.

Porque a veces el entorno que no nos gusta es el espejo más honesto que tenemos.

Y lo que vemos en él, si lo miramos bien, nos dice mucho sobre lo que hay dentro de nosotras.

Y eso, aunque duela un poco verlo, es también el principio de algo muy bonito.

Del cambio real.

Del que viene de dentro.

Del que nadie te puede quitar.

Gracias, Galadriel, por enseñarme a mirarme con honestidad y desde el amor.

"Mirarte con honestidad es incómodo. El duelo me enseñó que ese es el primer paso hacia todo lo que quieres cambiar."

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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