- 04/08/2026
- 9:41 am
Cuando aprendes a amar sin miedo a perder
Hay algo que no esperaba que el duelo me enseñara.
Y es a querer de otra manera.
A amar de una forma más libre.
Más limpia.
Más sin miedo.
Antes de perder a Galadriel, el duelo de pareja lo vivía desde otro lugar.
Desde la dependencia.
Desde el miedo a perder.
Desde esa necesidad de que la otra persona estuviera, se quedara, me eligiera.
Como si mi bienestar dependiera de lo que el otro decidiera hacer.
Y eso, aunque en ese momento no lo veía así, era una forma de amar que pesaba mucho.
Que generaba mucha angustia.
Que me hacía estar pendiente de algo que en realidad nunca puedes controlar.
Porque no puedes controlar si alguien se queda.
No puedes controlar si alguien te elige.
No puedes controlar el amor de otra persona.
Y aferrarme a eso solo me hacía sufrir más.
Pero entonces llegó el duelo perinatal.
Y con él, una enseñanza que no buscaba pero que lo cambió todo.
Cuando pierdes a un hijo, cuando atraviesas la pérdida de un bebé, aprendes algo muy doloroso y muy liberador al mismo tiempo.
Que hay cosas que no dependen de ti.
Que por mucho amor que pongas, hay personas y momentos que se van.
Que el control que creías tener sobre la vida era una ilusión.
Y esa comprensión, aunque llegó desde el dolor más grande que he sentido, me abrió algo muy profundo.
Me enseñó que el amor verdadero no retiene.
No controla.
No ata.
El amor verdadero da libertad.
Y eso lo empecé a aplicar también en mi forma de querer a las personas que tengo cerca.
A Jordi.
A mis hijos.
A las personas que forman parte de mi vida.
Empecé a querer desde un lugar más suelto.
Más en paz.
Sin necesitar que las cosas fueran de una manera determinada para sentirme bien.
Y ocurrió algo que me sorprendió mucho.
Que al soltar esa necesidad de control, al dejar de aferrarme, el amor se volvió más bonito.
Más real.
Más mío.
Porque cuando amas desde la libertad y no desde el miedo, todo cambia.
La relación deja de ser un lugar donde buscas seguridad a cualquier precio.
Y se convierte en un lugar donde eliges estar porque quieres.
Porque te hace bien.
Porque suma.
Hoy pienso algo que antes me habría parecido imposible.
Si Jordi en algún momento encontrara su felicidad en otro lugar, yo lo dejaría ir.
No porque no lo quiera.
Todo lo contrario.
Precisamente porque lo quiero.
Porque el amor que siento por él es lo suficientemente grande como para querer su felicidad por encima de mi necesidad de que se quede.
Y eso es algo que nunca habría podido sentir antes del duelo.
Antes lo habría vivido desde el miedo a la pérdida.
Desde la dependencia.
Desde esa sensación de que sin la otra persona algo en mí se rompería.
Pero el duelo perinatal me enseñó que puedo sostenerme.
Que tengo un suelo propio.
Que mi bienestar no depende de que nadie se quede a mi lado.
Que soy capaz de atravesar lo más duro y seguir de pie.
Y desde ese lugar, el amor se vive de una manera completamente distinta.
Se vive desde la elección, no desde la necesidad.
Desde la libertad, no desde el miedo.
Desde la confianza, no desde el control.
No te digo que sea fácil llegar a este lugar.
No te digo que sea algo que se consigue de un día para otro.
Es un proceso.
Un camino.
Una forma de ir soltando poco a poco todo lo que creías que necesitabas para estar bien.
Pero cuando empiezas a andarlo, cuando empiezas a amar desde ese lugar más libre, algo dentro de ti respira diferente.
Algo se calma.
Algo se abre.
Y el amor, en vez de ser una fuente de angustia, se convierte en una fuente de paz.
Porque amar sin aferrarse es la forma más honesta de querer.
Es decirle a alguien que lo quieres tanto que su felicidad importa más que tu miedo a perderlo.
Y eso, para mí, es lo más bonito que el duelo de mi hija me ha regalado.
Una forma de amar más grande.
Más libre.
Más verdadera.
Gracias, Galadriel, por enseñarme que el amor más bonito es el que no necesita aferrarse para ser eterno.
"Querer de verdad es querer que la otra persona sea feliz, aunque eso no te incluya a ti."
Ana Belén

