- 24/08/2026
- 08:46
Lo que el duelo perinatal me enseñó sobre cómo mirar a mis hijos
Voy a ser honesta.
Hay días que la crianza positiva preferiría no haberla conocido.
Días en los que la paciencia se acaba antes de que llegue el mediodía.
Días en los que la teoría de criar con calma y con amor choca de frente con la realidad de dos niños que no paran, que se pelean, que no quieren comer, que no escuchan, que hacen exactamente lo contrario de lo que necesitas que hagan.
Días en los que me miro y pienso que no estoy siendo la madre que quiero ser.
Y en esos momentos, algo ocurre.
Os miro.
Y me miráis.
Y pienso en vuestra hermana.
Y todo lo demás desaparece.
Porque podríais no estar.
Porque vuestra hermana Galadriel no está.
Y vosotros sí.
Y eso, aunque suene duro, es también uno de los regalos más profundos que me ha dado el duelo perinatal.
La conciencia de que teneros es un privilegio.
La conciencia de que cada día con vosotros es algo que no estaba garantizado.
La conciencia de que el amor que os tengo merece ser vivido bonito.
No perfecto.
Bonito.
Porque hay una diferencia enorme entre la perfección y lo bonito.
La perfección no existe.
Ninguna madre llega a todo.
Ninguna madre tiene paciencia infinita.
Ninguna madre lo hace todo bien siempre.
Y pretender eso solo genera culpa y agotamiento.
Pero lo bonito sí existe.
Lo bonito es mirarte a los ojos cuando te hablo.
Lo bonito es pedirte perdón cuando me equivoco.
Lo bonito es abrazarte aunque haya sido un día difícil.
Lo bonito es que sepas, aunque haya momentos en los que me veas perder la calma, que el amor que te tengo es lo más grande que existe dentro de mí.
Antes del duelo, antes de perder a Galadriel, yo también era madre.
También os quería con todo.
Pero había algo diferente.
Había más piloto automático.
Más prisas.
Más enfoque en lo que había que hacer y menos presencia en lo que estábamos viviendo.
Más gestión y menos disfrute.
Y el duelo lo cambió todo.
No de golpe.
No de un día para otro.
Pero sí de manera profunda y real.
Porque cuando la vida te muestra que un hijo puede no estar, cuando el duelo perinatal te enseña lo frágil que es todo, algo dentro de ti se recoloca para siempre.
Y empiezas a mirar a tus hijos de otra manera.
Con más presencia.
Con más gratitud.
Con más conciencia de que este momento, este día, este abrazo, no está garantizado para siempre.
Y eso no lo digo desde el miedo.
Lo digo desde el amor.
Porque hay una diferencia entre vivir con miedo a perder y vivir con conciencia de lo que tienes.
El miedo paraliza.
La conciencia despierta.
Y yo quiero vivir despierta.
Quiero miraros y ver el regalo que sois.
Quiero que cuando la paciencia se acabe, como se acaba, como se va a seguir acabando porque soy humana, seáis capaces de ver que detrás de esa madre que a veces se desespera hay una mujer que os quiere de una manera que no cabe en palabras.
Quiero criaros bonito.
No con la presión de hacerlo perfecto.
Sino con la intención de que sintáis que os veo.
Que os escucho.
Que os valoro.
Que sois lo más importante.
Y que cada vez que os miro, aunque sea en el peor momento del día, pienso en lo afortunada que soy de teneros aquí.
Porque podríais no estar.
Y estáis.
Y eso es todo.
Eso es más que suficiente para querer cuidaros bonito cada día.
Aunque algunos días lo bonito llegue solo al final, después de que todos hayamos respirado y nos hayamos dado un abrazo.
Eso también cuenta.
Eso también es crianza bonita.
Gracias, Galadriel, por enseñarme a mirar a tus hermanos con los ojos del alma y no solo con los del cansancio.
"El duelo me enseñó que tener a mis hijos aquí es el regalo más grande que existe."
Ana Belén

