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El amor de madre tras el duelo perinatal: cuando el amor no termina con la pérdida

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Lo que el duelo perinatal me enseñó sobre el amor de madre

Hay amores que no se pueden explicar.

Que no caben en palabras.

Que no se entienden hasta que los vives.

El amor de madre es uno de ellos.

Antes de ser madre, lo intuía.

Lo veía en otras mujeres.

Lo escuchaba en las conversaciones.

Pero no lo entendía de verdad.

No podía.

Porque hay cosas que solo se comprenden desde dentro.

Y el amor de madre es una de esas cosas.

El día que me convertí en madre por primera vez, algo dentro de mí se abrió de una manera que no esperaba.

Un amor enorme.

Instantáneo.

Sin condiciones.

Sin límites.

Sin necesitar nada a cambio.

Un amor que no había sentido nunca antes de esa manera y que desde ese momento se convirtió en el centro de todo.

Ese amor que haría cualquier cosa por proteger.

Que se desvela de noche y no le importa.

Que da sin calcular.

Que pone al otro por delante siempre.

Que no entiende de cansancio cuando el que necesita eres tú.

Ese amor que solo una madre conoce de verdad.

Y pensaba que ya lo conocía.

Pensaba que ya sabía todo lo que ese amor podía dar de sí.

Hasta que llegó Galadriel.

Y con ella, el duelo perinatal.

Y entonces entendí que el amor de madre no tiene fondo.

Que es más grande de lo que había imaginado.

Que puede crecer incluso cuando la persona a quien va dirigido ya no está de la manera que esperabas.

Que puede ser igual de real, igual de enorme, igual de incondicional hacia un hijo que se fue que hacia los que se quedan.

El duelo me enseñó eso.

Que el amor de madre no depende de la presencia física.

Que no depende del tiempo que hayas tenido.

Que no depende de si hubo semanas o meses o años juntas.

El amor de madre existe desde el primer momento en que ese bebé existe dentro de ti.

Desde el primer instante en que sabes que hay una vida creciendo.

Desde antes de verlo.

Desde antes de tocarlo.

Desde siempre.

Y cuando ese bebé se va, el amor no desaparece.

El amor se queda.

Y eso es algo que el duelo perinatal me enseñó de una manera muy profunda y muy honesta.

Que seguía amando a Galadriel exactamente igual después de que se fuera.

Que ese amor no se había ido a ningún sitio.

Que seguía ahí, enorme, buscando la manera de seguir existiendo aunque ya no tuviera la misma forma de antes.

Y desde ese lugar, desde ese amor que no desaparece, aprendí también a amar de manera más intensa a los que están.

A Aritz.

A Quique.

A este bebé que viene en camino.

A Jordi.

A las personas que tengo cerca.

El duelo me hizo vivir el amor de madre de una manera más consciente.

Más presente.

Más profunda.

Más agradecida.

Porque cuando sabes que el amor puede existir incluso sin la presencia física, cuando entiendes que ese vínculo no se rompe con la muerte, todo lo demás se vive de otra manera.

Con más gratitud.

Con más presencia.

Con más conciencia de que cada abrazo, cada mirada, cada momento compartido con tus hijos es un regalo que no está garantizado para siempre.

Y eso, aunque llegó de la manera más dura, es también uno de los regalos más grandes que me ha dado este camino.

La certeza de que el amor de madre es lo más puro y lo más incondicional que existe.

Que trasciende.

Que no tiene límites.

Que no tiene final.

Que sigue aunque todo lo demás cambie.

No sé si tú también lo has sentido así.

No sé si reconoces en estas palabras algo de lo que llevas dentro.

Quizás estás en un momento en el que el amor y el dolor se mezclan tanto que es difícil distinguirlos.

Y quiero decirte algo.

Eso también es amor.

Ese dolor que sientes es la prueba más honesta del amor más grande que existe.

El de una madre por su hijo.

Sea cual sea la manera en que ese hijo llegó y sea cual sea la manera en que se fue.

Ese amor es eterno.

Y eso nadie te lo puede quitar.

Gracias, Galadriel, por enseñarme que el amor de madre no tiene límites ni principio ni fin.

"El amor de madre trasciende. No tiene límites. No tiene final. Sigue aunque todo lo demás cambie."

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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