- 13/07/2026
- 9:52 am
Un erizo de arcilla y el amor más puro que he visto nunca
El amor de los niños no entiende de ausencia
Hay momentos que no se esperan.
Momentos que llegan de repente y que te paran en seco.
Momentos pequeños, sencillos, hechos con las manos de un niño… que te rompen y te recomponen al mismo tiempo.
Este año, el día de la madre, viví uno de esos momentos.
En la guardería de Aritz les pidieron que hicieran un detalle para su persona especial.
Así lo llaman ellos.
La persona especial.
Y yo, sin pensarlo demasiado, asumí que ese detalle sería para mí.
Porque soy su mamá.
Porque soy la persona que está con él cada día.
Porque así funciona este tipo de cosas en las guarderías.
Pero Aritz tenía otro plan.
Aritz decidió que su detalle era para su hermana.
Para Galadriel.
Un erizo de arcilla, hecho con sus manitas pequeñas, con ojos saltones y pelo morado, el color de su clase.
Eso fue lo que hizo.
Y eso fue lo que le dedicó a ella.
El primer impacto fue de sorpresa.
No me lo esperaba.
No esperaba que un niño tan pequeño tuviera tan dentro a su hermana.
Tan presente.
Tan integrada en su vida y en su amor.
Pero ahí estaba.
La prueba más pura y más honesta de que el amor no entiende de edades.
De que los niños sienten de una manera que muchas veces los adultos hemos olvidado.
De que Galadriel, aunque no esté físicamente, es parte de esta familia.
Es parte de Aritz.
Es parte de cada uno de nosotros.
Y él, con sus años y su arcilla y sus ojos saltones pegados con cuidado… lo sabía.
Sin que nadie se lo explicara.
Sin que nadie le dijera lo que tenía que hacer.
Desde dentro.
Desde ese lugar tan limpio que tienen los niños cuando aman.
Esto es algo que el duelo perinatal me ha enseñado.
Que cuando honras la memoria de un hijo desde el amor, desde la verdad, desde la presencia, ese amor se contagia.
Se integra en la familia de una manera natural.
Sin drama.
Sin oscuridad.
Sin miedo.
Galadriel no es un tema prohibido en casa.
Es una presencia.
Es una hermana.
Es alguien a quien nombramos, a quien queremos, a quien incluimos.
Y Aritz lo ha aprendido así.
Porque lo ha vivido así.
Porque en casa nunca hemos escondido su historia.
Nunca hemos bajado la voz cuando hablamos de ella.
Nunca hemos tratado su muerte como algo que no se puede mirar.
Y el resultado de eso es un niño pequeño que, el día de la madre, decide que su detalle más especial es para su hermana que está en el cielo.
¿Hay algo más bonito que eso?
Yo no lo encuentro.
Cuando Aritz me lo dio y me explicó que era para Galadriel, algo dentro de mí se movió de una manera muy profunda.
No fue tristeza.
Fue amor.
Fue gratitud.
Fue la confirmación de que estamos haciendo algo bien.
De que el duelo por la pérdida de nuestra bebé no nos ha roto como familia.
Nos ha unido.
Nos ha enseñado a amar de una manera más consciente, más presente, más verdadera.
Y a veces pienso que Galadriel también lo ve.
Que desde donde está, sintió ese erizo de arcilla como el abrazo más bonito que podía recibir.
El abrazo de su hermano mayor.
Hecho con las manos.
Hecho con el alma.
Hecho desde ese amor tan puro que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a querer con miedo.
El duelo perinatal nos enfrenta a preguntas muy difíciles.
¿Cómo hablo de esto con mis otros hijos?
¿Cómo les explico que su hermana no está?
¿Cómo integro una pérdida así sin que les haga daño?
Y la respuesta, para mí, siempre es la misma.
Desde el amor.
Sin miedo.
Con naturalidad.
Porque los niños procesan lo que viven.
Y si lo que viven es amor, eso es lo que devuelven.
Aritz me lo enseñó el día de la madre.
Con un erizo de arcilla morada y unos ojos saltones que aún tengo en el lugar más especial de casa.
Junto a ella.
Donde siempre estará.
Gracias, Aritz, por querer a tu hermana así.
Gracias, Galadriel, por seguir presente en cada rincón de nuestra familia.
"Los niños sienten lo que los adultos hemos olvidado. Y ese día, Aritz me lo demostró."
Ana Belén

