Reflejo de un arcoíris sobre el suelo como símbolo de esperanza tras el duelo perinatal y los duelos silenciosos que acompañan el proceso de sanar.

Los duelos silenciosos que aparecen tras el duelo perinatal

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Cuántos duelos cargamos sin darnos cuenta después del duelo perinatal

El duelo perinatal también despierta otros duelos

Hay algo que el duelo perinatal me regaló que no esperaba.

Una mirada hacia adentro.

Una mirada honesta, profunda y a veces incómoda.

Porque cuando la vida te pone delante el dolor más grande que has sentido nunca, cuando atraviesas el duelo por la pérdida de tu bebé, algo dentro de ti empieza a remover cosas.

Cosas que llevaban tiempo ahí.

Cosas que nunca habías mirado.

Cosas que habías ido acumulando sin darte cuenta.

Y fue entonces cuando me di cuenta de algo que cambió muchas cosas en mí.

Que tenía muchos otros duelos pendientes.

No duelos de muerte.

No duelos de pérdida gestacional.

Sino duelos de otra clase.

Duelos silenciosos que llevaba cargando como madre, como mujer y como persona.

El duelo de creer que tenía que poder con todo.

El duelo de no permitirme caer.

El duelo de tener que ser fuerte siempre.

El duelo de ocuparme de todo sin pedir ayuda.

El duelo de tenerlo todo limpio, todo organizado, todo en su sitio.

El duelo de creer que si no llegaba a todo, algo en mí fallaba.

Y lo más curioso de todo es que yo no lo veía como una carga.

Lo veía como normalidad.

Como lo que se supone que debemos ser.

Como lo que se espera de nosotras.

Pero el duelo de Galadriel me paró.

Me obligó a mirar.

Me obligó a preguntarme algo que nunca me había preguntado de verdad.

¿Estaba siendo feliz?

¿Estaba disfrutando de mi vida?

¿Estaba viviendo de verdad o estaba simplemente gestionando?

Y la respuesta fue incómoda.

Porque con todo lo que tenía, con todo el amor que había en mi vida, con todo lo bonito que me rodeaba… no estaba llegando a ser todo lo feliz que podía ser.

Y no porque me faltara algo.

Sino porque la preocupación constante me lo impedía.

Porque vivir siempre pendiente de no caerme, de no derrumbarme, de tenerlo todo bajo control, de llegar a todo… me dejaba sin espacio para simplemente estar.

Para disfrutar.

Para respirar.

Para vivir.

Y eso también es un duelo.

El duelo de una versión de ti misma que creías que tenías que ser y que en realidad te estaba robando la paz.

Cuando empecé a verlo así, cuando empecé a nombrar esos otros duelos, algo cambió.

Porque nombrar algo es el primer paso para poder soltarlo.

Y yo quería soltarlos.

No de golpe.

No todos a la vez.

Sino poco a poco, con amor, con paciencia, con la misma conciencia con la que había ido atravesando el duelo perinatal.

Empecé a darme permiso para no llegar a todo.

Para pedir ayuda.

Para dejar que algunas cosas esperaran.

Para cuidarme físicamente sin sentirme culpable por ello.

Para soltar la exigencia que yo misma me había puesto encima.

Y al soltar eso, al ir pasando por esos duelos más silenciosos pero igual de reales, algo muy bonito fue apareciendo.

Tranquilidad.

Espacio.

Presencia.

Felicidad.

No la felicidad perfecta que no existe.

Sino la felicidad real, la de los días normales, la de los momentos pequeños, la de estar aquí sin que la preocupación lo ocupe todo.

Y eso, para mí, ha sido uno de los regalos más inesperados de este camino.

Que el duelo por la pérdida de mi hija me abrió los ojos a todos los otros duelos que estaba cargando sin saberlo.

Y que atravesarlos, uno a uno, desde el amor y sin prisa, me ha llevado a vivir de una manera mucho más plena.

No sé si tú también los reconoces.

No sé si mientras lees esto hay algo dentro de ti que resuena.

Quizás también tienes duelos silenciosos que nunca has mirado.

Duelos que no tienen que ver con la muerte ni con la pérdida gestacional.

Sino con versiones de ti misma que llevas tiempo cargando y que quizás ya no te pertenecen.

Duelos de exigencia.

De perfección.

De no permitirte descansar.

De creer que tienes que poder con todo sola.

Si es así, te digo lo mismo que me dije a mí.

Vale la pena mirarlos.

Vale la pena atravesarlos.

Porque al otro lado de esos duelos está una versión de ti más libre, más ligera, más en paz.

Una versión que puede disfrutar de lo que tiene sin que la preocupación le robe el presente.

Y eso, créeme, vale muchísimo.

Gracias, Galadriel, por enseñarme a mirar hacia adentro con honestidad y con amor.

 

"La felicidad no llega cuando tienes más. Llega cuando sueltas lo que no te pertenece."

¿ Necesitas hablar?

Estoy aquí para escucharte.

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