- 29/07/2026
- 8:08 am
Todos están librando una batalla que no ves
Desde que atravieso el duelo de Galadriel, hay algo que ha cambiado en mí de una manera muy profunda.
La forma en que miro a las personas.
No es algo que haya decidido conscientemente.
No es algo que haya leído ni que nadie me haya enseñado.
Ha sido un cambio que ha llegado solo.
Despacio.
Desde dentro.
Como llegan casi todas las cosas importantes.
Antes miraba a las personas desde otro lugar.
Desde las prisas.
Desde los juicios rápidos.
Desde las expectativas de cómo deberían ser o cómo deberían comportarse.
Sin darme cuenta, muchas veces veía a las personas desde lo que hacían o dejaban de hacer.
Desde lo que me daban o no me daban.
Desde si encajaban o no en lo que yo esperaba.
Y el duelo lo cambió todo.
Porque cuando atraviesas la pérdida de un bebé, cuando el duelo perinatal te lleva a un lugar tan íntimo y tan profundo, empiezas a entender algo que antes no veías.
Que todo el mundo está librando una batalla.
Siempre.
La persona que tienes delante en este momento, sea quien sea, seguramente está cargando con algo que tú no ves.
Con una historia que desconoces.
Con un dolor que no ha compartido con nadie.
Con un miedo que lleva dentro sin saber cómo soltarlo.
Con una lucha silenciosa que a veces ni ella misma sabe que está librando.
Y cuando eso lo entiendes de verdad, cuando lo sientes no solo en la cabeza sino en el alma, la forma de mirar a los demás cambia completamente.
Dejas de juzgar tan rápido.
Dejas de tomar las cosas tan personalmente.
Dejas de esperar que las personas sean de una manera determinada.
Y empiezas a verlas desde otro lugar.
Desde la compasión.
Desde la comprensión.
Desde el amor.
Yo lo viví en mi propio duelo.
Cuando perdí a Galadriel, cuando estaba en los momentos más oscuros de mi proceso, había personas que no supieron estar.
Personas que dijeron lo que no tocaba.
Personas que desaparecieron.
Personas que reaccionaron de maneras que me dolieron.
Y durante un tiempo lo viví desde la incomprensión y la rabia.
¿Cómo podían no entenderlo?
¿Cómo podían actuar así?
Pero poco a poco, desde ese lugar más consciente y más espiritual al que me llevó el duelo perinatal, empecé a verlo diferente.
Esas personas también estaban cargando con algo.
Con su propio miedo a la muerte.
Con su propia incapacidad para estar delante del dolor ajeno.
Con sus propias heridas sin sanar.
No actuaban desde la maldad.
Actuaban desde donde podían.
Desde lo que sabían.
Desde lo que les era posible en ese momento.
Y esa comprensión lo cambió todo.
No porque lo que hicieron estuviera bien.
Sino porque entender que todos llevamos algo dentro nos libera de cargar con la rabia de lo que los demás no pudieron darnos.
Hoy miro a las personas desde ese lugar.
Desde la conciencia de que nadie llega a una conversación, a un encuentro, a un momento del día, con las manos vacías.
Todos llegamos con nuestra historia.
Con nuestros miedos.
Con nuestras alegrías y con nuestras heridas.
Y desde ese lugar, lo más bonito que podemos hacer es transmitir amor.
Sin esperar que nos lo devuelvan.
Sin necesitar que lo aprecien.
Sin condicionar ese amor a cómo nos traten.
Simplemente darlo.
Porque a veces una mirada, una palabra amable, un gesto pequeño llega a alguien en el momento exacto en que lo necesitaba.
Y tú nunca lo sabes.
Nunca sabes el impacto que tienes en las personas que se cruzan en tu camino.
Quizás esa persona que hoy tienes delante está en el peor momento de su vida.
Quizás acaba de recibir una noticia que lo ha cambiado todo.
Quizás lleva semanas sintiéndose sola sin que nadie lo sepa.
Quizás está atravesando su propio duelo en silencio.
Y quizás lo único que necesita, sin saberlo, es que alguien la mire con amor.
Sin juicios.
Sin prisa.
Con presencia.
Eso es algo que el duelo por la pérdida de mi hija me regaló.
Una mirada más amplia.
Más compasiva.
Más humana.
La capacidad de ver a las personas más allá de lo que muestran.
De entender que detrás de cada comportamiento hay una historia.
De transmitir amor aunque en ese momento la otra persona quizás no pueda recibirlo ni apreciarlo.
Porque el amor que das siempre llega a algún sitio.
Siempre.
Aunque no lo veas.
Aunque no te lo digan.
Aunque parezca que no ha servido para nada.
Llega.
Y eso, para mí, es una de las lecciones más bonitas que me ha dejado este camino.
Gracias, Galadriel, por enseñarme a mirar a las personas con los ojos del alma.
"Mirar a las personas desde el alma es uno de los regalos más bonitos del duelo."
Ana Belén

