- 19/10/2026
- 10:03
Amar después de la muerte: lo que mi hija me enseñó sobre el amor
Durante mucho tiempo pensé que amar a alguien tenía mucho que ver con todo aquello que nos gustaba de esa persona.
Amamos su forma de ser, su manera de hacernos sentir, sus abrazos, sus gestos, sus palabras, los momentos que compartimos. Amamos aquello que nos hace querer tener a esa persona cerca.
Pero después de vivir el duelo perinatal de mi hija entendí el amor de una manera mucho más profunda.
Comprendí que, para mí, amar no significa querer a alguien únicamente por aquello que me gusta de su existencia. Amar también significa quererla con aquello que no me gusta, con aquello que duele e incluso con una realidad que jamás habría elegido.
Antes de Galadriel yo ya amaba.
Tenía pareja. Tenía hijos. Tenía familia. Conocía el amor y sabía perfectamente lo que era querer profundamente a alguien.
Pero entonces murió mi hija.
Y el amor siguió ahí.
Amar cuando la realidad no es la que deseas
Hay algo de mi historia con Galadriel que evidentemente no me gusta.
No me gusta que no esté físicamente aquí.
No me gusta no poder tocarla.
No me gusta no poder abrazarla.
No me gusta no verla crecer junto a sus hermanos, no escuchar su voz, no verla correr por casa ni vivir con ella tantos momentos que había imaginado.
Si hubiera podido elegir, nuestra historia habría sido diferente.
Pero no pude elegirlo.
Y, aun así, la amo.
La amo dentro de una realidad que yo no habría escogido.
La amo aunque una parte de nuestra historia me duela.
La amo aunque no pueda recibir de ella un abrazo físico.
La amo aunque nuestra relación no pueda vivirse de la manera en la que estamos acostumbrados a entender las relaciones.
Y precisamente ahí descubrí algo sobre el amor que hasta entonces nunca había necesitado plantearme.
El amor no desapareció con la ausencia física
Cuando alguien está físicamente con nosotros, tenemos muchísimas formas de experimentar el amor.
Podemos abrazar. Besar. Hablar. Compartir una comida. Mirarnos. Reírnos juntos. Crear recuerdos.
Podemos demostrar nuestro amor y también recibir físicamente el amor del otro.
Pero ¿qué ocurre cuando todo eso desaparece?
En mi caso ocurrió algo que hoy me parece precioso: el amor permaneció.
Galadriel no estaba físicamente conmigo y, sin embargo, yo seguía siendo su madre.
Seguía queriéndola.
Seguía pensando en ella.
Seguía sintiendo que tenía un lugar dentro de nuestra familia.
Y con el tiempo fui encontrando nuevas formas de mantener nuestro vínculo y de integrarla en nuestra vida.
Eso me hizo comprender que el amor que siento por mis hijos no depende únicamente de todo lo que puedo vivir físicamente con ellos.
Porque con Galadriel no puedo vivir muchas de esas cosas.
Y, aun así, el amor existe.
Amar también lo que no nos gusta
Quizá por eso hoy entiendo de otra manera esa frase de “amar a alguien con sus cosas buenas y sus cosas malas”.
Antes podía entenderla pensando en el carácter de una persona, en sus defectos o en esas pequeñas cosas que pueden no gustarnos de quienes tenemos cerca.
Ahora para mí significa algo mucho más grande.
No se trata de que me guste que Galadriel no esté físicamente.
Claro que no me gusta.
No se trata de romantizar su muerte ni de convertir algo doloroso en algo que tenga que parecer bonito.
Se trata de reconocer que incluso dentro de una realidad que no deseo, el amor sigue teniendo espacio.
No amo que mi hija muriera.
Amo a mi hija dentro de la realidad que nos ha tocado vivir.
Y para mí existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
He aprendido a amar nuestra historia completa sin necesidad de decir que me gusta todo lo que contiene.
Porque hay partes que cambiaría si pudiera.
Pero como no puedo cambiar esas partes, he aprendido a relacionarme con ellas desde otro lugar.
El duelo perinatal cambió mi manera de entender el amor
Una de las cosas que más me ha enseñado el duelo es que el amor puede transformarse sin desaparecer.
Yo estaba acostumbrada a expresar el amor de una manera física.
Con mis hijos puedo hacerlo.
Puedo abrazarlos, besarlos, acostarme junto a ellos, escuchar sus historias, jugar, enfadarme, reconciliarme, cuidarlos y verlos crecer.
Con Galadriel he tenido que aprender otro lenguaje.
Un lenguaje hecho de recuerdos, símbolos, pequeños rituales, conversaciones, pensamientos y todas esas maneras que hemos encontrado como familia de mantenerla presente.
Para mí, el vínculo eterno también es eso.
Comprender que la relación ha cambiado porque ya no existe esa presencia física que tanto deseo, pero que mi capacidad de amarla no depende de poder tocarla.
Y quizá esa haya sido una de las enseñanzas más profundas que Galadriel me ha dejado.
Amar sin recibir nada a cambio
También he pensado muchas veces en esto.
Hay una parte del amor que solemos construir mediante el intercambio.
Te abrazo y me abrazas.
Te digo que te quiero y me respondes.
Te cuido y siento tu presencia.
Compartimos.
Pero el amor por Galadriel me enseñó una forma de amar en la que no necesito recibir físicamente nada para saber que ese amor existe.
No puedo esperar que mañana venga corriendo a abrazarme.
No puedo escuchar un “mamá”.
No puedo cogerla de la mano.
Y nada de eso hace que la ame menos.
Al contrario, me ha hecho comprender hasta dónde puede llegar el amor cuando deja de depender de aquello que recibimos.
Mi hija me enseñó una nueva forma de amar
Galadriel no me enseñó qué es el amor porque yo ya conocía el amor antes de ella.
Amaba a Jordi.
Amaba a mis hijos.
Amaba a mi familia.
Pero ella me enseñó otra dimensión del amor.
Me enseñó que puedo amar incluso cuando la realidad no se parece en nada a lo que había imaginado.
Que puedo amar a alguien aunque no pueda verla.
Que puedo seguir construyendo un vínculo aunque tenga que hacerlo de una manera diferente.
Y que aceptar que hay partes de nuestra historia que no me gustan no hace más pequeño el amor que siento.
Quizá amar también tenga algo de eso.
De mirar a alguien, mirar su historia completa y comprender que no necesitamos amar únicamente aquello que nos resulta fácil, bonito o agradable.
En mi caso, tuve que vivir el duelo perinatal para comprenderlo.
Y fue mi propia hija quien me lo enseñó.
No me gusta no poder abrazarla.
No me gusta no poder besarla.
No me gusta no tenerla físicamente conmigo.
Pero todo eso convive con una verdad mucho más grande:
la amo.
Y la amo exactamente desde el lugar en el que hoy existe nuestra relación.
“No puedo tocarte, abrazarte ni verte crecer, pero nada de eso ha conseguido ponerle límites al amor que siento por ti.”
Ana Belén

