- 12/10/2026
- 11:06
También echo de menos la vida que imaginé contigo
Se acerca tu aniversario.
Dentro de poco hará un año desde que naciste y, aunque siento que durante todo este tiempo he vivido mi duelo desde un lugar de mucha paz, estos días noto más tu ausencia.
Estoy algo más decaída. Más sensible quizá.
No sé si es porque se acerca el 27 de octubre, porque mi cuerpo también recuerda aunque yo no esté pensando conscientemente todo el tiempo en la fecha, o simplemente porque hay momentos en los que el duelo vuelve a hacerse un poquito más presente.
Y justo ahora estamos también en plena época de adaptaciones a los coles.
Quique, tu hermano mediano, está haciendo su último año de guardería.
Entre preparar las cosas, volver a las rutinas, las entradas, las salidas y esos primeros días en los que todos necesitamos encontrar de nuevo nuestro sitio, he pensado mucho en ti.
O quizá debería decir que te he imaginado.
Porque tú también habrías empezado este año en la misma guardería que tu hermano.
Y creo que, al estar estos días más sensible por la cercanía de tu aniversario, esa imagen ha aparecido con más fuerza.
De repente me he descubierto pensando en cómo habría sido.
Cómo habría sido tu adaptación.
Tus primeros días.
Cómo habrías entrado.
Si te habría costado separarte de mí o si, por el contrario, habrías entrado tan tranquila.
Si habrías llorado.
Si habría llorado yo.
Cómo habría sido verte allí junto a Quique.
Son cosas que nunca ocurrieron y, sin embargo, mi cabeza es capaz de construirlas con una facilidad increíble.
Supongo que esto también forma parte de mi duelo.
No solamente recordar lo que vivimos, sino imaginar aquello que también podríamos haber vivido.
Porque cuando murió Galadriel no desaparecieron de golpe todos los planes que yo había construido en mi cabeza.
Yo ya había imaginado una vida contigo.
Y esa vida tenía cosas enormes, claro, pero sobre todo tenía cosas completamente normales.
Una guardería.
Una mochila.
Un primer día.
Una adaptación.
Una mano pequeñita agarrada a la mía antes de entrar por una puerta.
Quizá sean precisamente esas cosas cotidianas las que aparecen cuando menos te lo esperas.
No hace falta que llegue una fecha señalada para echarte de menos. A veces basta con acompañar a uno de tus hermanos al colegio para que aparezca delante de mí la vida que también había imaginado para ti.
Estos días miro a Quique y pienso que tú estarías allí.
Tu hermano mediano estaría haciendo su último año y tú estarías empezando.
Probablemente habríais compartido guardería durante un tiempo.
Él ya conocería aquel lugar y tú estarías descubriéndolo.
Y yo estaría viviendo dos momentos completamente diferentes a la vez: el último año de uno y el primero de la otra.
Me pregunto incluso cómo habría sido para él tenerte allí.
Si habría ido a buscarte.
Si habría querido enseñarte cosas.
Si se habría sentido mayor por tener a su hermana pequeña en la misma guardería.
Son escenas que no conozco.
No son recuerdos.
Pero forman parte de mí de una manera extraña porque durante algún momento de mi vida sí pensé que podrían llegar a serlo.
Y creo que una de las cosas que he descubierto en el duelo perinatal es que no solamente echamos de menos a nuestros bebés.
A veces también echamos de menos la vida que habíamos empezado a imaginar con ellos.
Sus primeras veces.
Sus cumpleaños.
Sus Navidades.
Sus primeros pasos.
El primer día de guardería.
El colegio.
Las vacaciones.
Las discusiones entre hermanos que seguramente nos habrían vuelto locos.
Las risas.
El caos.
Todo aquello que parecía que formaría parte de nuestra vida y que finalmente tuvo que quedarse en nuestra imaginación.
Y no siempre pienso en ello desde la tristeza.
Esto también me sorprende.
Estos días he podido imaginarte en la guardería sin romperme.
Aunque estoy más sensible y siento más tu ausencia, imaginarte allí no ha sido solamente doloroso.
También me ha hecho sonreír.
He pensado en cómo habrías sido, en cómo habría sido acompañarte y en cómo habría vivido yo tu adaptación.
Y sí, hay una parte de mí a la que le habría encantado estar viviendo todo eso.
Claro que la hay.
Me habría encantado preparar también tus cosas.
Llevarte de la mano.
Conocer a tu profesora.
Preguntar cómo habías pasado la mañana.
Ir a recogerte.
Ver tu cara al salir.
Vivir todas esas cosas tan normales que probablemente, si estuvieras físicamente aquí, algunos días incluso haríamos deprisa y casi sin darnos cuenta de lo importantes que son.
Pero hoy las miro de otra manera.
Porque cuando no puedes vivir determinados momentos descubres el valor que tenían incluso antes de suceder.
Quizá por eso ahora intento estar mucho más presente también en las etapas de tus hermanos.
Quique está viviendo su último año de guardería.
Algún día miraré hacia atrás y esta etapa también habrá terminado.
Y no quiero que las prisas, las rutinas o el cansancio me hagan pasar por ella sin darme cuenta.
Quiero vivirla.
Quiero disfrutar de él.
De Aritz.
De cada etapa que tenemos la suerte de compartir físicamente.
Y también quiero permitirme imaginarte cuando aparezcas en esos momentos.
Sin apartar el pensamiento.
Sin pensar que no debería hacerlo.
Sin sentir que imaginar cómo habría sido tu vida significa que no estoy aceptando la realidad que tenemos.
Sé cuál es nuestra realidad.
Pero también sé que eres mi hija.
Y es inevitable que algunas veces mire una escena familiar y piense:
Aquí también estarías tú.
No necesito convertir ese pensamiento en algo triste.
A veces simplemente llega.
Te imagino.
Sonrío.
Quizá siento un poquito ese “ojalá”.
Y continúo.
Porque he aprendido que también puedo hacerte espacio así.
No únicamente recordando el día que naciste o hablando de tu muerte.
También imaginando tu vida.
Pensando cómo habrías sido.
Incluyéndote en esas pequeñas escenas familiares en las que, de alguna manera, mi corazón sigue reservándote un lugar.
Y quizá estos días, al acercarse tu aniversario, ese lugar se hace un poquito más visible.
Quizá por eso estoy más sensible.
Quizá por eso te imagino más.
Quizá por eso noto tu ausencia de una manera diferente.
Y está bien.
No necesito buscar una explicación para cada emoción que aparece.
Después de casi un año he aprendido que el duelo se mueve, cambia y encuentra formas nuevas de aparecer.
Y esta vez ha aparecido entre mochilas, adaptaciones y puertas de guardería.
Mientras acompaño a tu hermano en su último año, pienso en ti empezando el primero.
No sé cómo habría sido tu adaptación.
No sé si habrías llorado.
No sé si te habría costado entrar.
No sé si habrías salido corriendo hacia mí cuando fuera a recogerte.
Nunca podré saberlo.
Pero durante unos segundos puedo imaginarlo.
Y ahí estás.
Con tu hermano.
Con tu pequeña mochila.
Empezando una etapa nueva.
Una de tantas que había imaginado vivir contigo.
“Hay una vida contigo que solo puedo imaginar, pero el amor con el que la soñé siempre ha sido real.”
Ana Belén

