- 23/09/2026
- 10:23
La soledad en el duelo: cuando estar rodeada de gente no significa estar acompañada
A lo largo de mi vida he tenido muchos “amigos”. He conocido a muchísimas personas, he formado parte de diferentes grupos y, durante muchas etapas de mi vida, casi siempre he estado rodeada de gente.
Y, sin embargo, muchas veces me he sentido profundamente sola.
Es curioso pensar en ello ahora, porque durante mucho tiempo relacioné la soledad con no tener a nadie alrededor. Pensaba que estar acompañada significaba precisamente eso: tener gente, tener planes, recibir mensajes, formar parte de grupos, quedar, hablar, estar siempre rodeada.
Hasta que llegó el duelo y muchas de esas ideas empezaron a cambiar.
Después de la pérdida de mi hija Galadriel, algo dentro de mí comenzó a recolocarse. No fue una decisión que tomara de un día para otro ni recuerdo haber pensado conscientemente: “Voy a alejarme de estas personas”. Simplemente, empezó a suceder.
Comencé a necesitar otras cosas.
Necesitaba paz. Necesitaba silencio. Necesitaba relaciones en las que pudiera ser yo sin tener que explicar constantemente cómo estaba. Necesitaba personas con las que no sintiera que tenía que aparentar, cumplir o estar disponible cuando mi cuerpo y mi corazón me pedían otra cosa.
Y, paso a paso, algunas personas fueron quedándose más lejos.
Al principio podría parecer que mi mundo se estaba haciendo más pequeño. Menos personas, menos relaciones, menos ruido. Pero ocurrió algo que me sorprendió muchísimo: empecé a sentirme menos sola.
Qué contradicción, ¿verdad?
Había pasado gran parte de mi vida rodeada de muchas personas y sintiéndome sola en numerosas ocasiones. Y ahora, pasando mucho más tiempo conmigo misma y teniendo a muchas menos personas a mi alrededor, me sentía más acompañada.
Creo que el duelo me enseñó que hay muchas formas de estar sola.
Puedes estar sola en una habitación y sentir una paz inmensa. Puedes pasar una tarde contigo misma y sentirte completamente acompañada. Puedes tener tres personas a tu alrededor y sentir que tienes todo lo que necesitas.
Y también puedes estar sentada en una mesa con veinte personas y sentir una soledad enorme.
Porque, para mí, la compañía no tiene tanto que ver con cuántas personas tienes alrededor, sino con cómo te hacen sentir esas personas cuando están contigo.
Cuando el duelo cambia nuestra forma de relacionarnos
El duelo perinatal cambió muchísimo mi manera de relacionarme con los demás. Después de vivir la muerte de mi hija, empecé a prestar atención a cosas que antes quizá pasaban desapercibidas.
A cómo me sentía después de estar con determinadas personas.
A si podía hablar de Galadriel con naturalidad. A si podía estar triste sin incomodar. A si podía estar feliz sin sentirme juzgada. A si podía decir que no. A si podía mostrarme vulnerable. A si aquella relación me aportaba paz o me hacía sentir todavía más sola.
Y para mí, ahí está una de las grandes enseñanzas que me ha dejado este camino:
Rodearte de personas que te hacen sentir sola puede ser una de las formas más dolorosas de soledad.
Especialmente durante un proceso de duelo.
Porque cuando estás atravesando una pérdida, no siempre necesitas consejos. No necesitas que alguien encuentre las palabras perfectas ni que intente solucionar lo que estás viviendo. Muchas veces necesitas algo muchísimo más sencillo: sentir que puedes ser tú.
Que puedes hablar, pero también puedes callar.
Que puedes llorar.
Que puedes reír sin que nadie piense que ya “se te ha pasado”.
Que puedes nombrar a tu bebé.
Que puedes decir que hoy estás bien y mañana reconocer que no puedes con todo.
Para mí, eso es acompañar.
Eso es lo que entiendo ahora por acompañamiento emocional durante el duelo: no tener necesariamente una respuesta para la persona que tienes delante, sino hacerle sentir que tiene un espacio seguro en el que puede vivir su proceso sin sentirse juzgada.
Aprender a disfrutar de mi propia compañía
Quizá por eso ahora valoro muchísimo más a las pocas personas que forman parte de mi día a día. Porque ya no necesito estar rodeada constantemente para sentir que pertenezco a algún lugar.
También he aprendido a disfrutar de mi propia compañía.
A estar conmigo.
A escucharme.
A respetarme.
A no llenar cada silencio simplemente para evitar sentirme sola.
Y esto ha sido precioso, porque cuanto más cómoda me he sentido conmigo misma, menos necesidad he tenido de mantener relaciones únicamente por costumbre, por compromiso o por miedo a quedarme sola.
No significa que las personas de las que me he alejado sean malas. Tampoco significa que no hayan sido importantes en algún momento de mi vida.
Simplemente creo que hay vínculos que nos acompañan durante una etapa y después dejan de encajar con la persona en la que nos estamos convirtiendo.
Y mi duelo me transformó.
La pérdida de un bebé cambia muchas cosas. En mi experiencia, no solamente cambió mi manera de entender la muerte, el amor o la maternidad. También cambió mi forma de mirar mis relaciones, mis prioridades y la manera en la que quería utilizar mi tiempo.
Me hizo mirar hacia dentro y preguntarme quién quería tener cerca.
Pero también me hizo hacerme otra pregunta todavía más importante:
¿Cómo me siento cuando estoy con esas personas?
Porque no quiero relaciones que simplemente ocupen espacio.
Quiero vínculos que acompañen.
Personas con las que pueda ser yo. Personas que respeten mis silencios y mis momentos. Personas que puedan compartir mis días buenos y también aquellos en los que el duelo pesa un poquito más.
Proteger nuestra paz también forma parte del camino
Hoy mi círculo es mucho más pequeño.
Paso más tiempo conmigo misma.
Tengo menos necesidad de estar en todas partes y con todo el mundo.
Y, paradójicamente, me siento mucho más acompañada.
Porque ahora entiendo que la verdadera compañía no consiste en acumular personas alrededor. Consiste en encontrar relaciones en las que puedas sentirte vista, escuchada, respetada y querida tal y como eres.
El duelo me quitó muchas cosas, pero también me enseñó a mirar con otros ojos aquello que permanecía.
Me enseñó a proteger mi paz.
Me enseñó a valorar a las personas que están de verdad.
Y también me enseñó que estar sola no tiene por qué significar sentir soledad.
A veces puede significar escucharte, conocerte y descubrir que tu propia compañía también puede convertirse en un lugar seguro.
Entre todos los aprendizajes que me ha dejado Galadriel y este camino de duelo, hubo uno que necesitaba entender:
no quiero rodearme de muchas personas; quiero rodearme de personas con las que no me sienta sola.
Y quizá vivir un duelo también sea eso.
Ir quitando ruido para poder escuchar lo que realmente necesitamos. Aprender a cuidar nuestros vínculos, pero también a cuidarnos a nosotros mismos. Entender que no todas las personas podrán acompañarnos de la manera que necesitamos y que eso también está bien.
Hoy prefiero menos ruido y más verdad.
Menos cantidad y más presencia.
Menos personas alrededor y más personas cerca.
Porque estar acompañada, para mí, ya no significa tener a mucha gente a mi lado.
Significa poder ser yo cuando estoy con ellas.
“Hay soledades que acompañan y compañías que hacen sentir profundamente sola.”
Ana Belén

